sábado, 22 de diciembre de 2018

La caligrafía de los Isópodos


                                                    Pintura de Francisco Lezcano

24
Memoria bajo los adoquines
y el discurso de un camarero detrás de la barra
“El vino tinto es mejor tomarlo a temperatura ambiente”
Memoria de parras y acebuches,
de regadera exhausta
y letra grabada en el estaño de una canción.
“Levanta rosa temprana”
y la lengua pura asoma
tras el parpadeo de la cortina,
el hocico húmedo del perro besa un dedo,
el caracol trepa por la mano que recolecta la uva,
la vendimia de todos los septiembres desgajados del racimo.
“Levanta que llega el día”
y el rayo de sol
hace nube de oro el dormitorio,
tarta para compartir
el rayo de sol,
la fruta del verano que no quiere pudrirse.
Espera verano,
espera que llega pronto el día
en el que soplaremos la llama de los deseos.
Espera verano
que la memoria se ejercita
en el lagar donde trituras las promesas.
Se ejercita la memoria
dando saltos en el cuadrilátero.
Espera, que la memoria ya se agrieta,
lanza un derechazo,
el rostro es un péndulo,
izquierda,
derecha,
suena el badajo de una campana.
Y yo, ciega veo,
entre las grietas de esta pared,
el glauco quejido del moho
y en la vereda crecen ortigas.
Sigamos el sendero de las ortigas.
Cuidado,
que no se clave en tu piel
la insana persistencia de sus púas.
“Los prodigios, si hurgan en la carne,
debilitan la voluntad”
dice un hombre sentado en una piedra
junto al camino donde las ortigas florecen
por primera vez.
El hombre en su vientre
botón de un ramo de ortigas
adorna su voz clavada en la piedra.
La memoria se ejercita
contra la cuerdas
a cada golpe,
púgil, canta un guajira
enjuga el algodón, restriega la sangre seca,
la herida de las ortigas
hasta que en la loma
alguien vea surgir el ácido del corazón de la tierra.
“Levanta que viene el día”
que llega la muda marea del olvido,
el ácido,
el hoyo del topo,
el huir del guante hambriento del sol.
Y tú, tortura al púgil con las manos enguantadas,
que hiervan tus ojos.
Huele a cuero quemado
la acequia del olvido,
huele a animal salvaje
lo que se esconde bajo la piel.
De izquierda a derecha golpea.
“Levanta que viene el día”
y las cortinas abren sus fauces
para devorar lo que se esconde en el olvido,
lo que carcome a la uva,
lo que cierra los ojos con la palma generosa de la parra,
lo que se hace sordo a la voz del señor
clavado en la roca.
“El vino tinto sabe mejor a temperatura ambiente”
y el camarero descorcha cualquier botella.
Y “¿Sabía usted que el vino protege al corazón?”
“Levanta que viene el día”
que viene el tan-tan y
el tic-tac y
el badajo de la campana,
y el pálpito viene.
¿Dónde localizo el otro corazón?
quiero rociarlo,
mis pies tiritan en el lagar.
El corazón,
habla el hombre desde la roca,
el corazón es un púgil
en el cuadrilátero,
izquierda-derecha-contra las cuerdas.
Y alguien sigue cantando
y sigamos el sendero de las ortigas,
y no hay prisa
y no temas a la penumbra
y sólo el verano huye de ella
y su abrazo siempre te ronda el cuello
y su lona viste tu espalda.
“Levanta que viene el día”
¡Ay, el calor de la oscuridad!
y la penumbra de los ojos cuajados de legañas.
“Levanta que viene el día”
No te quedes tendida en el cuadrilátero,
los que te miran te derrotan
con su ovación.

La Caligrafía de los isópodos, (Huerga y Fierro editores)


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